El Restaurante La Cazuela de la Abuela se encontraba en una callejuela del casco antiguo de Salamanca, a un paso del bullicio del mercado y del constante traqueteo de las furgonetas de reparto. A la hora del almuerzo, el local se impregnaba con el aroma de cocido, tortillas de patatas recién hechas y café de puchero. Los cubiertos tintineaban, las sillas chirriaban sobre el suelo de baldosas y las voces se superponían como si todos tuviesen prisa por llegar a algún sitio.
Lucía Mendoza, de veintitrés años, arrastraba esa prisa pegada a la piel desde hacía años. Trabajaba allí desde primera hora y, por las noches, repartía pedidos en bicicleta para completar el alquiler de una habitación minúscula que compartía en un barrio humilde. Tenía los pies doloridos, un recibo de la luz sin pagar dentro del bolsillo del delantal y una costumbre peligrosa: incluso cuando ya no podía más, seguía viendo el dolor ajeno como si fuese propio.
Por eso la vio.
En una mesa del fondo, apartada del jaleo, estaba sentada una señora de cabello blanco perfectamente recogido, blusa color marfil y una dignidad tan intacta que casi dolía. Tenía delante un plato de fabada que parecía imposible de comer. Sus manos temblaban con violencia. Intentaba llevarse una cucharada a la boca y el caldo se derramaba a medio camino, temblando también.
Lucía llevaba en una mano la cuenta de la mesa cuatro y en la otra una jarra de agua para la mesa cinco, donde un cliente ya había chasqueado la lengua dos veces. Aun así, se detuvo.
Se acercó despacio, agachándose un poco para no incomodar a la mujer.
—¿Se encuentra bien, señora?
La anciana alzó la mirada. Sus ojos estaban cansados, sí, pero aún llenos de una entereza que no pedía lástima.
—Tengo Parkinson, hija —contestó con voz suave—. Hay días en los que comer se convierte en una lucha.
A Lucía se le encogió el corazón. No por pena barata, sino por recuerdo. Su abuela había pasado por algo parecido antes de fallecer. Recordó aquellas manos temblorosas intentando sujetar una taza, aquella vergüenza silenciosa de necesitar ayuda para algo tan sencillo como llevarse la comida a la boca.
—Espéreme un momento —dijo—. Voy a traerle algo más fácil.
Fue a la cocina, pidió una crema caliente y volvió en menos de cinco minutos. Mientras los demás comensales miraban el reloj o se quejaban de la demora, Lucía arrimó una silla y se sentó al lado de la señora como si el resto del mundo pudiese esperar, aunque en realidad no pudiera.
—Despacito —le dijo con unasonrisa—. No hay prisa.





